El paseante desorientado
Antes de ponerme a escribir, había pensado en una diatriba contra las aplicaciones que usan los coches para llegar de un punto a otro. “A 260 metros, en la rotonda, coja la segunda salida hacia la Avenida…” Se supone que uno sabe calcular “a ojímetro” un punto exacto en la distancia y, además, con vista de lince, también uno puede leer el cartel de la calle, avenida o nombre de carretera.
Pero ahora que, con la primavera, las calles empiezan a llenarse de turistas, guiris o no, que se bajan del coche con el móvil en la mano, ya que este no solo les ha guiado por la carretera, sino que además les indica, con un punto rojo, los cuatro o cinco “lugares de interés” que obviamente el viajero ha de fotografiar.
Toma el viajero el camino con la vista fija en el móvil, desatento a cuanto hay a su alrededor. Y cuando llega a ese punto exacto, error de GPS ± 25 metros, no aparece un punto rojo, sino, por ejemplo, una mercería o una ferretería. El viajero, que confía ciegamente en la aplicación, se detiene estupefacto sin saber hacia dónde dirigirse; cuando pasa un lugareño, se le piden indicaciones. Este les dice que levanten la vista del móvil, den diez pasos y lo encontrarán frente a sus narices. Sin acabar de dar gracias, corren a fotografiarse, selfie, mirando una pantalla de 6,2 pulgadas donde deben entrar varias cabezas y, de fondo de paisaje, el monumento. Mal momento para acordarse de que la cámara delantera tiene una menor resolución que cualquiera de las dos o cuatro cámaras traseras.
Con estas costumbres, Baudelaire no habría inventado el concepto de flâneur, ese paseante que va sin rumbo definido por la ciudad, caminando a un ritmo menor que el resto, siguiendo sus pensamientos, sus intuiciones o construyendo un poema mentalmente. En “A una transeúnte” (Las flores del mal) dice el poeta: «Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta, / ¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!». Gracias a todos los dioses no existía el móvil y hoy podemos leer a un genio.
Tampoco don Antonio Machado podría haber escrito esos poemas sobre la naturaleza que aparece ante sus ojos mientras pasea, bien abrigado, cerca del Duero. Ni podría haber recordado aquella escuela, «Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales», en la que un maestro da una lección aburrida, «mil veces ciento, cien mil; / mil veces mil, un millón», y mostrarnos, en versos octosílabos, “Recuerdo infantil” (Soledades), con cuatro pinceladas de buen observador, la terrible desgana de los alumnos.
Walter Benjamin, otro paseante o flâneur, decía: «Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje» (Infancia en Berlín hacia 1900); algo impensable para el actual viajero, que requiere rutas claras, que le señalen lo que ha de visitar, dónde comer o qué parque es apropiado para una siesta. Perderse no entra en los planes de viaje; descubrir con los propios ojos es una pura extravagancia.
Julio Cortázar lleva al extremo este aprendizaje —perderse en la ciudad— en Rayuela; Horacio Oliveira y la Maga no conciertan citas precisas —lugar, fecha y hora—, sino que simplemente salen a caminar, a encontrarse casualmente: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti…»
