
(me preguntan por qué y para qué escribo)
… En una de sus cartas, Rilke le habla al joven Balthus de una hendidura minúscula que se produce justo a la medianoche, en el punto que separa la noche del día. Por esta hendidura el artista se sale del tiempo y encuentra todo lo perdido, en un reino sin mudanza. Ese instante límite es el instante de la poesía. A veces me he preguntado adónde llega el que penetra por esa hendidura. Y para contestarme a esa pregunta sólo tengo el recurso de la imaginación: el camino es corto, tan corto como un verso. Enseguida se llega a una explanada vacía, verde tanto en invierno como en primavera. En esa explanada podría haber un banco, un banco pequeño en el que sólo caben dos miradas, la del texto y la del lector. Allí el texto y el lector se dan de comer. Se dan de comer con los labios. Es el banco endeble que hubiera elegido Charlot para sentarse, con un cucurucho en una mano y una colilla en la otra. Sin reloj en la muñeca porque no existe ni principio ni fin. Da igual que la explanada vacía se vaya llenando de casas, de calles, de ciudades; da igual que se construya el mundo entero encima. Mientras por debajo haya un banco enterrado, habrá espacio poético, habrá un lugar digno de ser guardado por los ángeles.
La mano sobre el papel
Esperanza Ortega (Palencia, 15 de octubre de 1953)
Ediciones Cálamo, 2010