

Poemas de amor
Alianza Editorial, 1974
Miguel Hernández
(Orihuela, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942)
Miguel Hernández apenas vivió poco más de 30 años pero dejó para los lectores una obra profunda, entera, alada, dirigida al ser humano que conoce el amor y la pena, más allá de las declaraciones rotundas.
Escoger “Poemas de amor” no significa en ningún caso dejar una parte de su obra fuera de este artículo, ya que toda su obra está atravesada por el amor, primero soñado, poetizado y más tarde materializado en Josefina Manresa con quien conoce el amor carnal, pasional, la ausencia y el deseo inmenso. Y con quien tuvo un hijo (Vuela niño en la doble / luna del pecho: / él, triste de cebolla, / tú, satisfecho. / No te derrumbes. / No sepas lo que pasa / ni lo que ocurre), un niño que representa el alivio de la cárcel frente a la soledad y el derrumbe de la enfermedad.
Pero poesía también atravesada por la pena (Umbrío por la pena, casi bruno…¡Cuánto penar para morirse uno!). En esa batalla entre amor y pena, el poeta siempre escoge el lado del amor, a pesar de los tiempos (Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes).
Comienza el libro con un poema titulado “Amor”, … Por de fuera, / tengo la corteza áspera, / pero dedentro tengo / tierna de palmito el alma. Poema con referencias religiosas (Señor, arcángeles, etc.) pero como decía Elizabeth Barrett un amor deseado solo por amor de mi amor.
En “Ser onda, oficio,…” da Miguel Hernández una de las claves de su poesía con el verso Satélite de ti, no hago otra cosa, será Josefina Manresa el centro sobre el que orbitará su amor y sus poemas. Un acercamiento lento, tímido, serán las cartas los hilos trenzados de esta relación, son el alimento, el sueño, el deseo y más aún, escríbeme, paloma / que yo te escribiré. Un tema que volverá a tomar en un poema memorable.
En “Pena-bienhallada” el poeta hace un ejercicio de estilo, la amada es Boquitierna, ojinegra, pechiabierta. Un soneto perfecto en el que poeta recorre desde la mirada hasta el encuentro con la amada/vida donde agriendulzo la pena que la embarga.
Cuando llega la primavera, el corazón se encrespa como un toro, como un volcán y la distancia se vuelve inmensa, clama y reclama el amor, pues con vehemencia te quiero / me moriré con vehemencia. Y cuando no puede hablar, silba, La pena hace silbar, lo he comprobado, desde un nido de ruy-señor hacia la tórtola, aun si el mensaje no llega.
Mas el peso es demasiado, las fuerzas a veces faltan, la tristeza abruma, en “El corazón no puede con la carga” el amante es espectro que escucha, Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste / que de nostalgia tienes inclinado / medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo. A veces basta una fruta, “Me tiraste un limón y tan amargo” para que la pena se transmute mediante el limonado hecho hacia una deslumbrante pena.
“Umbrío por la pena” es un poema abrumador, ya que menciona la pena en cada uno de sus versos, un soneto para el hombre más apenado que ninguno. La pena invade paz y batalla, cardos y huesos, es la invasión perfecta circundada de penas y cardos… ¡Cuánto penar para morirse uno!
“Fuera menos penado”, la pena ve en la tez, piel y voz, tan solo nardo, cardo y tuera pues la pena se ha vuelta ansiosa, ardorosa, lejana y sobre todo terca, terca en su error y en su desgracia terca.
Mas el poeta sale de su ensimismamiento en la pena para ver en “Te me mueres casta y sencilla…” al sujeto de su amor, pues apenas fue un beso en la mejilla suficiente que yo te libé la flor de la mejilla, y desde entonces ella vigila la del poeta para que no vicie y se demande.
“Yo sé que ver y oír a un triste enfada”, el poeta toda conciencia de las mareas sucesivas que sus palabras convocan y orgulloso promete retirarse, Me callaré, me apartaré si puedo. Pero es tarea inútil, pleamar y bajamar se suceden hasta el final de los tiempos, Adiós, amor; adiós, hasta la muerte.
En “¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria”, el poeta no sabe si vivió el delirio de alcanzar ese cuello, así pregunta una y otra vez si fue cierto o fruto de un recuerdo inventado. Mas queda una señal, una marca en la memoria que no podrá borrarse, de aquel cuello, aquel beso y aquel día.
En el memorable “¿No cesará este rayo que me habita?” el poeta asume que el corazón es origen el destino de de rayos, fraguas, espadas,.. Este rayo ni cesa ni se agota / de mí mismo tomó su procedencia / y ejercita en mí mismo sus furores. Ese rayo, obstinado e insistente, como la energía (ni se crea ni se destruye) es algo consustancial al hombre.
En cambio, “Canción de vendimiadores”, sirve para cambiar de registro y crear una cantinela, Si vas a la vendimia, mi niña, sola…, un juego de pareceres, De la vendimia vengo, / sola, mi niño, un juego de seducción que solo puede terminar en la reunión de los amantes cuando la uva está madura, tu pie se vuelve sangre, / mi sangre nieve.
Tal vez “Me sobra corazón” sea uno de los poemas más desgarradores de Miguel Hernández. En una situación indefinible, sin origen cierto, la pena lo invade todo, hoy estoy para penas solamente, y el desánimo le lleva a desear un fin, Y me busco la muerte por las manos, mirando con ansia los elementos que puedan ayudarle (hachas, navajas, campanarios…) Si no fuera ¿por qué?… no se por qué, solo falta la última carta, de despedida del mundo, por un amor que le ha dejado. O tal vez sea un destino, Yo nací en mala luna, en todo caso hay un cansancio de tanto padecimiento, Cuánto más me contemplo más me aflijo, cerrando un ciclo de penas para quien le sobra corazón, como dice el título, yo el más corazonado de los hombres, / y por el más, también el más amargo. Cierra el poema con dos versos que son desesperanza, desasosiego y falta de futuro, No sé por qué, no sé por qué ni cómo / me perdono la vida cada día.
El poeta militante y guerrero aparece en “Canción del esposo soldado”. Primero esposo, y espero sobre el surco como el arado espera, colmando de alabanzas a la amada, a veces frágil, otras espejo, otras futura madre, y desde ahí va el soldado al frente, ansiado por el plomo. Campos de combate, muerte, ataúdes desde el que defender tu vientre de pobre que me espera, y defiendo tu niño. Pues es el niño para quien lucha hasta el momento en que dejar armas en el suelo, Tus piernas implacables al parto van derechas, es el niño para quien se construirá la paz, quedando / una mujer y un hombre gastados por los besos.
“Carta” es un largo poema escrito en octosílabos dedicado a ese milagro que vuela entre los amantes, fragmentos de la ternura / proyectados en el cielo, por encima de penas y ausencias, del silencio y de la muerte, Aunque bajo la tierra / mi amante cuerpo esté, / escríbeme a la tierra / que yo te escribiré. Este párrafo se convierte en un ritornello a lo largo del poema, más allá de las cartas que no llegan, más allá de las que se escribirán, con las dos alas plegadas / y la dirección en medio. Imagina a la receptora, desnuda, vestida sólo con la carta, para así sentirla del todo. Mas a veces las cartas mueren sin volar, hablan de quien ya está muerto, la recibiré dormido, / si no es posible despierto, y aún malherido recordarán los besos y han de repetir: te quiero.
“Canción última” es el poema perfecto que no admite comentario, tan solo citarlo, leerlo y releerlo. Pintada, no vacía: / pintada está mi casa / del color de las grandes / pasiones y desgracias. Este es el comienzo que quedará amortiguado por el final, Será la garra suave. / Dejadme la esperanza.
«Tu puerta no tiene casa» es el contrapunto del poema anterior. Aquí será la desesperanza al encontrar una puerta sin calle, sin llave, sin pisadas. La piel de tu puerta encierra / un lecho que compartir. Y sin embargo la puerta no se abre, hermosura lejana / que nunca podré lograr.
«¿Qué quiere el viento?» , pregunta el poeta ante la separación: Derribarnos. Arrastrarnos. Pero el viento quiere aún más: Separarnos.
«No salieron jamás» donde la separación la provocan huracanes, hachas, rayos; los amantes se ven ante precipicios y naufragios, Perseguidos, hundidos/… / aventados se vieron: / pero siempre abrazados.
Y así se suceden los poemas de pocos versos, octosílabos y endecasílabos, lejos de estructuras fijas, dejando brotar la desazón de la ausencia, el ansia del abrazo, la unión de los amantes.
«Si nosotros viviéramos», La huella que has dejado es un abismo / con ruina de rosal. «El amor ascendía», Y somos dos fantasmas que se buscan / y se encuentran lejanos. «Besarse», Ascienden los labios / eléctricamente / vibrante de rayos. «Tus ojos», Otero de tu cuerpo, / aún mi calor lo vence. «Tristes guerras», Tristes guerras / si no es amor la empresa / tristes, tristes. Llegando a la contención máxima de «Menos tu vientre»: Menos tu vientre / todo es oscuro, / menos tu vientre / claro y profundo.
Tras estos poemas se suceden tres largos poemas en los que poeta se lamenta de la imposibilidad del amor por odios y cárceles, soledades y piedras, pareciera que el mundo lo entorpezca. «Antes del odio»: No es posible acariciarte / con las manos que dio / el fuego de más deseo / el ansia de más ardor. «Después del amor»: Mi fiel: me acuerdo de ti / después del sol y del polvo / antes de la misma luna / tumba de un sueño amoroso. «El último rincón»: Ay, el rincón de tu vientre; / el callejón de tu carne: / el callejón sin salida / donde agonicé una tarde. Los dos últimos poemas finalizan de una forma casi idéntica, cambiando la última palabra, todo por nadie. Después del amor, la tierra. / Después de la tierra, nadie.
El poeta vuelve una y otra vez a los temas que le atormentan, le encierran, le alejan; a los temas del mundo que le asfixia, no entiende, no acepta, él que es viento libre, ansioso, deseante. Al final del libro aparecen dos poemas con la presencia del hijo, «Cantar» y «Nanas de la cebolla», aquí todo cambia, la nueva vida es esperanza, entusiasmo e incluso alegría.
“Cantar”, Es la casa un palomar / y la cama un jazminero. Este es comienzo del poema construido en octosílabos y párrafos de 4 versos. En él se observa el cambio de tono, más amplio, abierto, sembrado de esperanza: un hijo llega y el mundo cambia, Las puertas de par en par / y en el fondo el mundo entero; el cuerpo de la mujer, El hijo te hace un jardín, / y tú has hecho al hijo, esposa; y la percepción del padre, Alrededor de tu piel / ato y desato la mía.
La luz ilumina los almendros, el futuro es visto con buen augurio, la casa se llena de besos, la vida se derrama, Desbordadamente sorda / la leche alumbra tus huesos. / Y la casa se desborda / con ella, el hijo y los besos. El poema finaliza reuniendo a los tres protagonistas, cada uno con su destino, Tú, tu vientre caudaloso / el hijo y el palomar. / Esposa, sobre tu esposo / suenan los pasos del mar.
“Nanas de la cebolla” comienza con una célebre cita en la que el poeta conoce que su mujer e hijo no comen más que pan y cebolla. La cebolla es escarcha / cerrada y pobre, comienza el poema con dos versos sin futuro, apenas un presente desolador. En la cuna del hambre / mi niño estaba, el poeta impotente desde el encierro sufre por el hambre de su niño, Con sangre de cebolla / se amamantaba. Pero en lugar de abismarse en la pena, prefiere dar un giro, sólo por su niño, Ríete, niño/ …/Alondra de mi casa / ríete mucho. Será la risa del bebé la que ilumine el mundo y el alma del poeta, liberándola de otras cargas, Soledades me quita / cárcel me arranca.
La risa será el arma del futuro, más allá del sol, flores y aves. Y en un cuarteto enfrenta, verso impar y verso par, la pena del padre y su consejo, Desperté de ser niño: / nunca despiertes. / Triste llevo la boca: / ríete siempre. Un bebé de ocho meses, malnutrido, ríe a pesar del hambre y de que emergen los primeros dientes, Con cinco dientes / como cinco jazmines / adolescentes. Mientras la madre apenas puede alimentar al niño, Vuela niño en la doble / luna del pecho, / él, triste de cebolla / tú, satisfecho, el padre construye un mundo que amortigüe la situación, No te derrumbes. / No sepas lo que pasa / ni lo que ocurre.
___ Publicación ___
De Sur a Sur
Revista de poesía y artes literarias
Retamar, Almería (España)
Nº 11 – noviembre-2020
Páginas 11-15
Reseña – «De Sur a Sur» nº 11
