

Las Rubáiyátas de Horacio Martín
Editorial Lumen, 1978
Félix Grande
(Mérida, 4 de febrero de 1937 – Madrid, 30 de enero de 2014)
Las Rubáiyátas son poemas de origen persa, formalmente cuartetos, que celebran el amor, el vino, la crítica, la libertad. Félix Grande crea en este libro un poeta —alter ego o heterónimo— al que da un lugar de nacimiento y muerte, una biografía, incluso una correspondencia que aparece al final del libro. También crea un modo de escritura propio, distintivo y exclusivo, en el único libro firmado por Horacio Martín.
Esta es una creación que permite a Félix Grande desplegar toda su sabiduría poética sobre un único tema, el amor-pasión; no el amor de pareja, compromiso vital, matrimonio, sino el amor que abrasa cuando existe, cuando falta, cuando se desea, cuando se pierde. Un amor que es lujuria, físico, pasional hasta el último y recóndito lugar del cuerpo y de la mente, un amor que necesita dedicación exclusiva, abandono de toda tarea mundana y carencia de vértigo.
Elogio a mi nación de carne y de fonemas es el título del segundo poema, en el que se expresa una idea central que se repite a lo largo del libro en diversas formas, Yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje. A la vez manifiesta su desprecio por el mundo y por aquellos que pervierten el amor y el idioma con un rechazo donde la rabia asoma.
No hay lugar en Las Rubáiyátas para medias tintas, compromisos incompletos; el poeta llama a esa actitud perversión, envilecimiento, rendición cobarde al mundo y a sus normas.
Sin atender a cronología, los poemas se suceden desde el amor a la ausencia, del desamor a la nostalgia, del dolor al primer encuentro.
Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje. / Todo cuanto pretenda enmudecerlo, maldito sea.
Antes del amor todo es caótico, espantoso; la carencia del amor es una vileza, es una caries inmensa en el centro del ser.
Félix Grande, uno de los grandes poetas del siglo XX, escribe un libro en el que no hay tregua; la ausencia de amor es una desgracia que se vive con desapego del mundo, como una herida abierta en el centro del cuerpo que se percibe con vergüenza; es la travesía de un desierto sin mapas ni brújula.
Desnúdate, sosiego del afán, tú eres / la amansadora de interrogaciones.
Absolutamente sagrado / solo hay el cuerpo, Loba
Y así, Loba (nombre propio) es como Horacio Martín se dirige a su amada, tanto cuando la corteja como cuando la añora, cuando la desea, la recuerda o cuando se retuerce de placer.
El libro avanza con cadencia gracias a la maestría de Félix Grande, formalmente aparecen sonetos, pero solo el lector habitual lo percibirá. Hay versos endecasílabos y octosílabos dependiendo de la fuerza que quiera insuflar al verso. Pero sobre todo hay ritmo; todo el libro está empapado de un tempo que no desfallece en ningún momento. Invito al lector a que lea estos poemas en voz alta y descubra que no sobra ni falta una sílaba, que Las Rubáiyátas avanzan con ritmo seguro, sin desfallecer como aquel que respira regularmente; cada pausa en el verso es una pausa en la respiración.
En uno de los poemas más citados, preferidos, admirados, Los yertos moradores de la ausencia, donde reúne toda la percepción del amor según Horacio Martín, comienza con esta proclama:
Van cinco días que no te toco… / …cinco antediluvianos zarpazos de extrañeza.
En este poema afirma que se mueve como un escorpión borracho, que el trabajo es mentira, la vida falsa, mentira, la espera es pan de desconsuelo… Finaliza con un grito de socorro ante la ausencia:
Vuelve, Loba, regresa
En otros poemas maldice a esos millones de parejas / se ayuntan genuflexos / sin morirse de sed. El amor así entendido es una blasfemia, una herejía, una depravación; ensucian al lenguaje, al amor, a la vida; en el fondo están aterrorizados siguiendo fielmente las leyes, las normas gregarias; no son más que necios que jamás rugieron en su jaula.
El amor-pasión exige desobediencia, vivir con el fuego sin temor, pues el fuego es el centro, la causa final y primigenia; solo vivir en el fuego tiene sentido; el resto es rendirse, no atreverse a rebelarse, agachar la cabeza y llevar una penosa existencia.
Los adjetivos en Las Rubáiyátas son martillazos sin piedad ni decoro; los sustantivos, a menudo agrupados en trío, son acero afilado, hieren, insultan, vociferan el desprecio a todo lo que no sea amor:
No hay amores malditos / Hay podre, leyes, usos / error, espanto, astucia…
Horacio Martín no cree en los amores malditos, como algunos llaman al amor-pasión; para él esta es la única forma de amar. Nada ni nadie podrá convencerlo de que lo que siente es erróneo, desmedido, abrasador. Y si en algún momento piensa en huir, en alejarse, en despegarse, ruega entonces,
¡Dioses, haced que al fin de este viaje / me aguarde el fracaso!
En el poema Alegría describe la maldición que supone esa despedida, esa separación, ese olvido. Todo será irreparable, absurdo, un exilio perpetuo, una aniquilación que paradójicamente une a los amantes en su desgracia, en su dolor, incluso en su odio, en un sino de rabia y de fidelidad y de alegría.
En el último poema del libro, dice; Protégeme poema, pide sílabas y vocablos como último recurso ante una vida que se le escapa; es un grito de socorro ante el abandono de la felicidad, la desdicha que odia, el secreto que no sabe descifrar, el veneno que avanza, el cataclismo en el que ha caído. A pesar de todo, suplica al poema diciendo:
En vos confío, en vos confío, en vos confío.
El final del libro incluye unas cartas que Horacio Martín dirige a Félix Grande, y este escribe a Doina, la antigua Loba. Horacio Martín está vivo, no ha enloquecido o, en todo caso, vive en esa demencia de los solitarios; reflexiona sobre el mito de Sísifo, de Albert Camus, el hombre absurdo condenado a repetir una tarea por maldición de los dioses. Le parece una mentira, una hipótesis, una teoría que intenta encubrir el espanto de la soledad. Termina diciendo Félix Grande que no le espera un destino sosegado. Tampoco desdeñable. Por lo menos, mientras el lenguaje le acaricie la cara con su mano maravillosa.
Años después de esta carta de despedida, Félix Grande recibe la noticia de que Horacio Martín vaga en las ruinas de Medina Azahara, ya cegado, confundido y creyendo ser una reencarnación del poeta árabe Ibn-Zaidun. Pero esto, como decía Kipling, ya es otra historia.
___ Publicación ___
Mimeógrafo
Revista Literaria
Tuxtla Gutiérrez (México)
Nº 106
1-mar-2022
Páginas 30-35
Reseña – Mimeógrafo
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