
El samurái del crepúsculo
(2002)
Yoji Yamada
(Osaka, 13 de septiembre de 1931)
Ficha Técnica
Título original: たそがれ清兵衛 (Tasogare Seibei)
Título internacional en inglés: The Twilight Samurai
Dirección: Yōji Yamada
Guion: Yōji Yamada y Ichiro Yoshitani (basado en la historia de Shuhei Fujisawa)
Música: Isao Tomita
Fotografía: Mutsuo Naganuma
Productora: Shochiku
Año: 2002
Duración: 129 minutos
Género: Drama, Romance
País: Japón
Reparto Principal
Hiroyuki Sanada como Seibei Iguchi
Rie Miyazawa como Tomoe Iinuma
Nenji Kobayashi como Chouzaemon Iguchi
Ren Osugi como Toyotaro Koda
Cine de autor: El samurái del crepúsculo (Yoji Yamada, 2002)
Yoji Yamada filma el retrato de un samurái en una época que se está acabando. Años después llegará la Restauración Meiji (1868), que pondría fin a la época de shogunato (shogun: gobernador) con sus propios ejércitos de samuráis y llevaría la capital a Edo, convertida en Tokio, donde se instalaría el gobierno central, el ejército y el palacio imperial. Japón entraría en la época moderna.
Seibei es un samurái de bajo rango que en la primera escena de la película permanece silencioso mientras las mujeres lloran la muerte de su esposa. Seibei tiene dos hijas (cinco y diez años); será la voz en off de la pequeña la que comience y finalice la película, con pequeñas aportaciones a lo largo del film.
«Tras una larga enfermedad, mi madre falleció cuando yo tenía cinco años. Tenía tuberculosis… así que, desde que tengo uso de razón, no me dejaban acercarme a ella. Por eso… casi no tengo recuerdos de mi madre».
Vemos el recorrido fúnebre, oyendo las pisadas en la nieve que lleva el ataúd al cementerio, seguido de la familia y los sacerdotes shintoístas. Una larga fila de la derecha a la izquierda de la pantalla camina lentamente; suenan algún tambor y alguna campanilla. Filmada en blanco y negro, recuerda al neorrealismo italiano.
«Soy de Unasaka, en el noreste, en lo que hoy es la prefectura de Yamagata. Antes era la ciudad del castillo del clan Unasaka, un pequeño feudo de 70 000 koku de arroz al año».
Seibei es un samurái de bajo rango que es obligado, por las circunstancias, a trabajar como contable en los almacenes de suministros del castillo. Dos filas de contables, a derecha e izquierda del jefe sentado a mayor altura. Se filma casi en la oscuridad, apenas una luz que entra por la puerta. Al final de la jornada, sus compañeros le invitan a beber, pero él prefiere regresar a su casa, con sus dos hijas y una madre senil que no le reconoce.
«Con una esposa enferma, dos hijas y una madre anciana a las que cuidar, mi padre no podía salir a tomar algo con sus compañeros de trabajo. Tenía que darse prisa en volver a casa todas las tardes al anochecer. Me contaron que los compañeros de trabajo le pusieron el cruel apodo de “Seibei Crepúsculo”» .
Al caminar hacia su casa, la cámara muestra una panorámica mayor que en el ambiente cerrado de la oficina. Vemos las casas, el camino, la naturaleza y el cielo del atardecer.
En el camino se encuentra a Ito, la hija pequeña, a la que coge en brazos reprochando su cara sucia. La cámara desde abajo encuadra al padre y a la niña en un ligero contrapicado con el fondo del cielo. Cuando llega a casa, se descalza y se muestran sus calcetines blancos mil veces remendados. La hija mayor cocina; Seibei se dirige a su madre con la expresión japonesa que se usa al llegar desde la calle: “estoy en casa”; sin embargo, su madre no le reconoce y además le pregunta de qué familia es. Él le repite: «Soy Seibei Iguchi del clan Unasaka», sin ser reconocido una vez más.
El director no usa el famoso encuadre “cámara en el tatami” del maestro Ozu, sino que prefiere dejar la cámara a mitad de camino, de modo que cuando se sientan en el suelo, la cámara está a la altura del rostro de los actores.
Seibei cultiva un huerto en el lugar donde suele estar el jardín y, cuando anochece, construye jaulas para grillos con tablillas de bambú, un modo para conseguir algo de dinero, pues él no es un samurái de alto rango con una gran casa y terrenos cultivados por campesinos.
Yoji Yamada está filmando una película clásica, al modo de John Ford o Yasujiro Ozu; es una película sobre samuráis, pero está muy alejada de las de Akira Kurosawa, con sus grandes ejércitos, samuráis con armaduras, soldados con el estandarte del clan. Aquí se muestra el otro rostro, ese que no se enseña en las películas de samuráis con grandes batallas y abundante sangre. Se relata el estrato más bajo de la organización, la del hombre con honor de samurái, pero sabiendo qué lugar ocupa en el mundo: un padre viudo, con dos hijas y una madre senil, que tiene que luchar, no con ejércitos, sino con la existencia que le ha tocado por suerte.
Así, la película no rueda grandes peleas en campo abierto, sino que muestra una historia intimista en casas pequeñas, para lo cual se rueda con cuidado los rostros de los actores, que serán los que nos cuenten sus alegrías y pesares, casi sin luz en la casa; jugando con los papeles movedizos de las casas japonesas, puede iluminar una zona u otra, dependiendo de qué panel haya sido deslizado.
La luz plena solo aparece cuando Seibei sale al campo, al río; cuando regresa a su casa del trabajo como contable.
El director realiza una película sencilla, que no simple, con una historia aún más sencilla en la que toca temas como el amor, la familia, el honor y el deber. Todo ello entremezclado de forma prodigiosa, armónica.
Tomoe, un amor juvenil, reaparece en el pueblo como mujer divorciada de un marido borracho y maltratador. Sin decir palabras, se muestra el reencuentro de dos adultos que han pasado pesares y ya no son las mismas personas, pero algo se ilumina en sus miradas.
Tomoe acostumbra a ir a casa de Seibei, cuando este no está, para atender a las niñas y a la madre; hace comida, enseña caligrafía a las niñas y a coserse su propio kimono, puesto que no hay dinero para comprarlos; cuando llueve, les cuenta antiguas historias japonesas.
Las escenas están filmadas como si se trataran de un grabado japonés del XIX. La casa está dividida en tatamis (90×180 cm), dos de ancho por tres de fondo. A la derecha, la cocina y la habitación de las niñas; a la izquierda, la habitación de Seibei, la habitación de la madre y el altar familiar dedicado a los difuntos.
El director juega con los paneles movedizos para que la luz entre de un lado u otro, para iluminar un rostro o para mostrar la profundidad de la casa y la oscuridad del fondo.
El padre mueve el papel a su izquierda para hablar con sus hijas; cuando estas se van a dormir, el padre abre el panel que da al jardín para pasar la noche haciendo con bambú jaulas para insectos.
Cuando Seibei llega a casa, Tomoe regresa a la casa de su hermano, que es donde ahora vive. Cuando se hace de noche, Seibei toma una barra de bambú con un farolillo en su extremo para acompañarla hasta la puerta de la casa. Sabe que el hermano está buscando marido, pero la situación económica le impide proponérselo, aunque imagina que la respuesta sería afirmativa.
Llegado el momento, deberá mostrar obediencia y acudir a luchar como guerrero de su clan contra un guerrero de otro clan confinado en una casa del pueblo. El clan le ha ordenado luchar, para lo cual debe preparar vestimenta y peinado, para lo que pide ayuda a Tomoe. Esta le ayuda a vestir el kimono, le ata el cinturón; finalmente, Seibie toma su espada y la ciñe en la cintura. Pero no es la vieja espada de samurái, vendida para pagar el entierro de su esposa, sino una espada corta con la que parte en desventaja antes de comenzar la lucha.
Antes de partir, le dice que siempre soñó que fuera su esposa y que, si consigue regresar con vida, le hará una proposición de matrimonio. La respuesta es afirmativa; Tomoe va a su casa, para rezar y desearle suerte.
Su amigo le espera en la puerta de la casa para acompañarle hasta el lugar de la lucha, una casa a oscuras, con un viejo samurái que desea morir, casi un fantasma, que no desea luchar, sino comer y beber. Con la casa a oscuras, se traza una diagonal que deja vacía la parte izquierda de la casa, mientras ambos, apoyados en los postes, miran en direcciones opuestas.
A oscuras le cuenta su historia: hace años recibió la orden de suicidarse, pero huyó con su esposa e hija durante siete años. Tiene que acudir al templo a pedir limosna. Cuando su esposa e hija mueren por fiebres, él regresa al pueblo, pero sigue vigente la orden de suicidarse.
Filmada como una ensoñación, apenas vemos una figura delgada, rostro demacrado y andar tambaleante. El oponente se levanta, se dirige al altar familiar y regresa con las cenizas de su hija. Le pregunta a Seibei por su salario; la cámara enfoca su rostro mientras cuenta que él también tuvo una esposa enferma, que con su salario no podía pagar los medicamentos. Lo peor ocurrió cuando falleció, puesto que la familia quería un funeral suntuoso, para lo que se vio obligado a vender su espada heredada de su padre. Le confiesa que en ese momento solo tiene la empuñadura con una barra de bambú, pero ha llevado una espada corta para luchar.
Planteado esto en una prodigiosa secuencia de acción, una lucha a espadas entre dos hombres íntegros que combaten cada uno por ideales distintos. Resulta sorprendente cómo, en esos momentos, que se apartan de la historia central, la película sigue destilando sobriedad por los cuatro costados. Como en un teatro de sombras, los dos samuráis pelean en una casa en penumbra. Seibei parte con la desventaja de usar una espada corta, por lo que tiene que esquivar más que atacar. En cambio, su oponente usa esa ventaja, incluso atravesando los paneles de la casa, tras los que adivina al duelista. Al fin, Seibei consigue golpear y matar al otro samurái, aunque también ha resultado herido.
No importa si no gana batallas o sus días como guerrero llegan a su fin; lo que le hace más feliz en esta vida es un corazón atravesado por su cariño a su familia, y no por su espada. Aun así, llegado el momento de la verdad, se verá obligado a demostrar, en un último acto de honor hacia un mundo que toca a su fin, que es el mejor de todos.
Fuera de la casa, con un fuerte contraste de luz —la penumbra de la lucha en la casa frente a la luz del sol del exterior—,-esperan a su amigo y vecinos para conocer al vencedor. Seibei atraviesa el grupo sin decir palabra y se dirige a su casa; allí le espera Tomoé que curará sus heridas y aceptará la propuesta de matrimonio.
La película bien podría haber acabado así, pero el director añade un epílogo que de nuevo es un contraste de luz. Si la película ha transcurrido entre sombras, el epílogo se desarrolla en el exterior, cielo azul y luz solar. La escena va alternando la imagen de Tomoé en un cementerio con la de un rickshaw que se dirige al pueblo; vemos cómo va envejeciendo Tomoé con pequeños gestos hasta que al final se gira hacia cámara y la vemos como una anciana. Mientras tanto, se escucha la voz en off de la hija menor, hoy adulta, haciendo un resumen de los últimos años: cómo su padre tuvo que volver a luchar, en la época de la Restauración Meiji (una capital, un ejército, un gobierno, un emperador), cuando se eliminan las viejas estructuras de shogun y samurái para llevar el poder a la nueva capital, Tokio, la muerte de su padre en la lucha de clanes, el traslado a Tokio de las niñas y Tomoé, para educarse en el nuevo tiempo.
«Mi padre no tenía deseo de triunfar en el mundo y no creo que se considerara a sí mismo como desafortunado.
Amó a sus hijas. La bella Tomoé le amó.
Su vida, creo, fue corta pero plena. Estoy orgullosa de haber tenido este padre».
“The twilight samurai” forma parte de una trilogía, Tora-san, junto a La hoja escondida y Amor y honor, libremente basadas en las novelas de Shûei Fujisawa (La espada de bambú y otros relatos de samuráis).
Consiguió en 2004 el Óscar a Mejor película extranjera (de habla no inglesa) y todos los premios del cine japonés. Posteriormente Yamada filmaría dos películas centradas en la familia: Una familia de Tokio (2013), en un claro homenaje a “Cuentos de Tokio” de Yasujiro Ozu y La casa del tejado rojo (2014) centrada en la época de la posguerra.

Mimeógrafo
Revista Literaria
Tuxtla Gutiérrez (México)
n.º 162
Páginas 72-81
1 noviembre 2026
Reseña – Mimeógrafo