

Libro del frío
Siruela, 2003
Antonio Gamoneda
(Oviedo, 30 de mayo de 1931)
Antonio Gamoneda, nacido en Oviedo (1931), queda huérfano a los 3 años. Con su madre se traslada a León, un lugar que quedará marcado en su mundo interior y en su escritura. Se dice que su madre le enseñó a leer en el único libro de la casa, escrito por su padre, en plena guerra civil. Lo que el niño vio, horrores y miseria, le acompañará siempre. De ahí surgen los tres elementos que aparecerán en su poesía: la ciudad fría y neblinosa, la larga época de posguerra y la presencia de la madre.
A los 14 años ingresa en un banco como aprendiz; la necesidad le impone ser un poeta autodidacta. Apenas consigue publicar, castigado por la censura, hasta que después de la muerte del dictador publica su obra reunida, convirtiéndose en un autor de culto.
“Libro del frío” es la obra culmen del poeta, la que le reconoce como una voz única, lejos de su generación literaria, la del observador de los límites del mundo, los límites del lenguaje; un poeta que recoge sus observaciones como materialización del mundo interno. Gamoneda señala lo inefable, sin miedo ni esperanza, rodeada de pobreza y frío, camino de la inexistencia, la agonía y la serenidad, hacia la luz.
Gamoneda coloca tres versos en una página en blanco y provoca una conmoción estética. Como los pintores chinos, con tinta negra trazan montañas, rocas, caminantes, etc., dejando una parte del cuadro en blanco que es niebla, nubes, algún pájaro. Tan importante es lo trazado con tinta como el vacío.
“Libro del frío” se publica en 1993 con 5 partes, a las que se añade una sexta 10 años después en una edición corregida y aumentada.
El libro se abre con la descripción de un espacio, “Geórgicas”, ante las viñas abrasadas por el invierno, pienso en el miedo y la luz (una sola sustancia en mis ojos). Poemas para la madera, la resina, rebaños y palomas, Hierba de soledad, palomas negras, he llegado, por fin; este no es mi lugar, pero he llegado. Territorio también de la tristeza, las lágrimas, la extrañeza, abandonado por las palabras, como mi pensamiento arrasado por la luz.
“El vigilante de la nieve” comienza proclamando: El vigilante fue herido por su madre… Todas las causas se aniquilan ante sus ojos. La vida es sombra, furia, vértigo, Era incesante en la pasión vacía. Poco a poco llega la pulsión de huida de la prisión del frío. Luego llegaron manos invisibles. Con exacta dulzura, asió la mano de su madre. Mano y madre tal vez sean las palabras más repetidas por el poeta; a un tiempo son memoria, salvación y metáfora.
“Aún” significa la ebriedad de la melancolía; el poeta siente la pobreza, la enfermedad, el vértigo; alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón. La luz hiere como un cuchillo, las manos quieren asir un imposible y entonces, desde la ruina, se abre una senda. Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza. Pero vuelve a casa, donde reencuentra humedad, abandono, olvido, de nuevo la luz esquiva. No mueras más en mí, sal de mi lengua. / Dame la mano para entrar en la nieve.
“Pavana impura” es el encuentro con el cuerpo de la mujer. De pronto aparecen, en los poemas, cuerpos y piel, párpados y labios, Tu cabello en sus manos; arde en las manos del vigilante. La desnudez es la gracia, el alivio de la herida; un ciego tanteando en lo oscuro descubre al otro, a la mujer más allá del frío, pero mi sueño vive bajo tus párpados. Los cuerpos se comprenden en las alcobas, la tristeza tiene unas manos donde recogerse, alguien ve lo invisible, lo concreto desde su dolor, la esperanza bajo la piel, Amor que duras en mis labios… come la miel sin esperanza. Bajo su piel arden las flores, el mar, el viento; el poeta no olvida la desesperanza, la impureza del vivir y, sin embargo, ocurre el intercambio amoroso: tu lascivia vive en mi corazón y entra mi pensamiento en tus heridas.
“Sábado” anuncia la luz del abismo, piensa en los suicidas, en la vejez, vuelve a ser el animal asustado, decepcionado, El animal del llanto lame las sombras de tu madre, y vuelve a tener miedo. El animal llora, se asusta por la quietud, se lame las heridas, agoniza; en sus ojos aparece de nuevo la madre, Así es la luz de la vejez, así / la aparición de las heridas blancas. Pero el animal encuentra la paz en el claustro y el llanto, paz en la inmovilidad. Desaparece la memoria de otros días, ya se producen las desapariciones y se vacía el corazón.
“Frío de límites”, los veinte poemas que se incorporan a “Libro del frío”, muestran la contemplación de la inexistencia, mira tus manos abandonadas por la luz, y la lenta preparación para desaparecer. No tiene rostro ni memoria en ti, solo queda camino hacia el olvido. Todo es destrucción, llagas, preparación para el fin: Vienen, extienden / sobre tu corazón sábanas frías. El animal de luz está bajo los párpados, quieto en la cama: Coge la flor de la agonía. Aún / hay humedad en la ceniza que amas. Ha llegado la vejez, la agonía, sin significado, sin esperanza; tras la madera carcomida asoma la eternidad, la misericordia, el gemido del mar. Después, / frío de límites. Ha llegado la serenidad; ya solo hay luz dentro de mis ojos.
___ Publicación ___
Revista Noche Laberinto
Revista Internacional de Cultura y Artes
Bogotá (Colombia)
7ª edición – 2020
15-nov-2020
Reseña – Noche Laberinto
Págs. 121-124
